No puedo abarcar un tema como la fe en cuatro o cinco párrafos y considerar que es algo completo. Pero sí me gustaría hilar unas reflexiones sobre la fe aproximándome desde la antropología. Antes de comenzar, me gustaría recordar a los lectores que soy cristiano, y que abarco la cuestión de la fe desde mi posición de creyente.
Vamos a examinar un fenómeno: hay personas que creen. No es algo extraño: la inmensa mayoría de las personas cree, y de entre las que creen, los cristianos somos la mayor parte – seguidos de los musulmanes –. Lo cierto es que la fe, pese a lo que predijo Comte en el siglo XIX la fe no se ha extinguido sino todo lo contrario.
Comencemos por fijarnos en el hombre. La vida del hombre padece – digámoslo así – de un pequeño “desajuste”. Es decir: nos resulta compleja. La vida de una gacela tiene mucho de problemática: se encuentra con que cada día tiene que ser más rápido que sus depredadores. Pero la vida de la persona es más problemática, en cuanto que su principal depredador es la misma persona que vive: esa vida exige en cada segundo un porqué. Nietzsche decía que quien tiene un porqué es capaz de soportar casi cualquier cómo: aunque es matizable, me parece correcto.
He aquí algo sorprendente: la necesidad que presenta la vida humana de un sentido que satisfaga al hombre (sobre lo que ya hemos hablado en este blog, aunque desde otras perspectivas). Profundicemos en el significado de sentido:
a) Sentido hace referencia a una comprensión global de la vida, sea esa comprensión consciente o inconsciente. Es decir, afirmo que es inherente al ser humano vivir según una idea de su vida en general, comprendiendo su vida como un todo, y afrontando de alguna manera la muerte: aunque, repito, no se sea consciente. Ejemplo típico: adolescente de dieciséis años que se coge una borrachera cada fin de semana, y que “le da de vez en cuando a las pastillas y a los porros”. Pongamos que este adolescente no se ha planteado nunca el hecho de cómo es su vida, o de que va por un camino que acaba de muchas maneras y ninguna es buena. Pues bien, aunque nunca lo ha reflexionado, su vida tiene una coherencia con un planteamiento global de la vida, que podría ser el siguiente: “vivir el presente disfrutando cada segundo, no pensar en el futuro, y sobre todo no pensar en dos cosas: 1. En algún momento tendré que adquirir responsabilidades y 2. Que algún día mi vida se acabará”. Toda esta parrafada en realidad quería señalar una cosa: se quiera o no, “vivir” es “vivir de alguna manera”, y esa “manera” tiene mucho que ver con el sentido. Porque ese modo de vivir hace referencia a una idea general de la vida humana.
b) Sentido es esa manera de vivir del hombre según una idea general acerca de la vida. Ese sentido puede ser consciente o inconsciente. Pues bien: es más humano que sea consciente. Es decir, el hombre que para a reflexionar cómo es su vida, tiene una vida más plena que otro que no se para a hacerlo.
c) Es necesaria una coherencia entre lo que uno quiere y lo que vive realmente: porque su vida real es la que vive, no la que desea.
Volviendo al ejemplo del adolescente antes mentado: su idea acerca de la vida, es que realmente no tiene otro sentido que el presente: y que el futuro carece de todo sentido. El problema es que el futuro algo muy importante en la vida de la persona: y para este adolescente, el futuro, más allá del fin de semana, le parece una inmensa porquería. Aunque él no se dé cuenta, su verdadera idea general, aunque pudiera parecer a simple vista muy alegre, es terriblemente pesimista.
¿Qué tiene que ver la fe con todo esto? Vivir la fe, y me refiero especialmente a la cristiana, conlleva tener un sentido profundo de la vida: que lleva a afrontar la existencia de un modo peculiar, y esencialmente humano. Pero el artículo va siendo muy largo: continuará en el siguiente.